EL VIAJE...
Autoevaluación

¿Por dónde empezar?
Año 2019-30, entré a la carrera con muchos nervios, pero sobre todo mucha prepotencia. Una adolescente llena de “certezas” y “convicciones” sumamente ortodoxas frente a la danza, una danza que únicamente se soportaba en su destreza técnica. Prejuicios que me terminaron llevando a casi perder Principios de la danza I.
Hablaría de las demás asignaturas de ese primer momento en la carrera, el Ciclo Básico, pero sería hablar un poco más de lo mismo. Una María José llena de ego alimentado por una técnica clásica y búsqueda constante del virtuosismo que al hoy no juzgo y de hecho disfruto cuando voy a ver cierto tipo de obras de danza, pero que en su momento no me permitía ver más allá, todo lo que había por explorar en mí. Todas esas curiosidades internas que estaban reprimidas por esta búsqueda de ser la bailarina de ballet perfecta y que de vez en cuando dejaba salir “su locura” saliendo a fiestas de techno en las noches. Por algo me gustaba tanto la película del Cisne Negro dirigida por Darren Aronofsky. En mi cabeza, María José Salazar: Nina Sayers.

De este primer momento de la carrera es curioso cómo se permiten develar pistas de lo que soy hoy en día y que en el momento fueron irreconocibles o simples ejercicios de clase. En la clase de Elementos de Puesta en Escena I con Eloísa Jaramillo y Danyman, tuvimos una pauta de creación que todavía recuerdo mucho: Crear un collage que te represente. Este collage todavía hace parte de mi vida, viajó conmigo a El Colegio Del Cuerpo en Cartagena y a la Universidad Nacional de San Martín en Buenos Aires.
El proceso de creación de dicho collage terminó siendo una selección muy intuitiva de fotos que resonaban conmigo, por su contenido o estética. Tal vez en su momento fue un simple ejercicio de construcción de mi ser en imágenes, pero hoy lo veo y reconozco en este que muy en mis adentros mi intuición y mente ya sabían lo que mi cuerpo no quería aceptar o más bien, lo que mi ego no me permitía aceptar. En ese entonces, era terrible pensarme como algo más que bailarina de ballet.
Este collage fue una especie de artist statement visual durante toda mi carrera. Un collage que develaba intereses por el performance, la estética roja y oscura, el azar, el paso del tiempo, repetición, descomposición, cuerpos en otros universos (espacios) y estados de trance. Palabras que poco a poco fui encontrando en la carrera.
Los próximos años, viajes, las próximas vidas...
En el 2021, tomé la decisión de ir a Cartagena para formar parte del programa de Estudios Contemporáneos en Danza de El Colegio Del Cuerpo tras aplazar la carrera en la universidad, pues no tenía sentido para mí la modalidad virtual que teníamos gracias a la llegada del COVID-19.
El Colegio Del Cuerpo me abrió la posibilidad de ver la danza de otras maneras, descubrir otras poéticas y despertar una curiosidad por el cuerpo y movimiento en relación con el espacio y sus objetos. Intuyo que este interés empezó a emerger gracias a la posibilidad de haber bailado allá durante un año en una construcción de guadua bastante sorprendente a la que llamábamos “Catedral Sin Religión”. Un espacio al aire libre, sin espejos, sin señal de celular, rodeada de caimanes que a veces se asomaban en la laguna contigua a la construcción, el sonido de las aves sobrevolando el espacio y temperaturas de hasta 40°C. Por primera vez experimenté mi quehacer fuera de un aula tradicional de danza. Esto me abrió otra visión del cuerpo y el movimiento que determinarían mi regreso en el 2022 a la Javeriana para retomar la carrera de Artes Escénicas presencialmente.
Durante ese año teniendo la fortuna de bailar cerca al mar, un día después de clase me fui con dos amigas a la playa y nos pusimos a improvisar sobre unas rocas altas mientras atardecía. Cerré mis ojos y pude percibir mi cuerpo en contacto con la brisa característica de toda costa. Poco a poco, la brisa no solo me atravesaba sino que me manipulaba; me entregué casi por completo y dejé que ella danzara conmigo, moldeara mi cuerpo, mis movimientos; ella hizo espacio conmigo y yo me puse a llorar. Llevo ese día atado a mi cuerpo, por primera vez no era yo imponiendo mi cuerpo en el espacio, me di cuenta de que el espacio estaba abriéndome la posibilidad de habitarlo, atravesarlo y ser una con él. No era yo luchando contra la brisa, no era la brisa lanzándome al vacío de las rocas, éramos ambas en un dialogo que me permitió descubrir la sensación de expansión e inmensidad en mi cuerpo.
Después de un año tomé la decisión de regresar a Bogotá. Retomar la Javeriana fue bastante retador, sobre todo por el estilo de vida bastante agotador que está implícito en el día a día de una ciudad como Bogotá, siempre he sentido que no es un ritmo de vida acorde a mí y para ese entonces había que sumarle el doble programa con Psicología que hice varios semestres, pues siempre tuve un gran interés por estudiar el comportamiento humano. Al final tomé la decisión de retirarme pues sentía que no quería ser artista de medio tiempo, no quería desviar mi energía hacia otra carrera. Entendí que podía acudir a la psicología como área de conocimiento mas no tenía que entregar otros 4 años de mi vida a un pregrado más.
Los siguientes semestres fueron bastante tranquilos, estuve en un par de ensambles, cursé producción, Iluminación, me entrené con las clases de técnica básica de danza contemporánea y de ballet y seguía la carrera sin una pregunta clara...
No era clara mi búsqueda, pero sí era claro que me empecé a aburrir de la danza, no quería entrenar, no quería ser la mejor bailarina de la clase, no era suficiente bailar. Me asusté mucho pues sentía que tal vez estaba perdiendo tiempo estudiando “para ser bailarina” cuando en realidad me sentía agotada de la danza.
¿Cómo podía pensar en dedicarme a la danza si ni siquiera me había graduado y ya estaba cansada?
En sexto semestre abrieron por primera vez el Laboratorio de Creación Artística, una asignatura abierta para toda la facultad guiada por Laura Wiesner y Eloísa Jaramillo. Esta era mi oportunidad de dejar de compartir clases solo con “escénicos” y empaparme de otras formas de crear y otros lenguajes.
Considero que esta asignatura ha sido la más importante de toda mi carrera. Fue la asignatura donde descubrí mi primera pregunta de investigación propia, genuina y sin pretensiones. En el transcurso de ese semestre estuve trabajando en un proyecto de investigación que se titula igual que esta autoevaluación:

Si yo estaba agotada de la danza, de la visión escénica, de lo que ya era conocido para mí, ¿era el fin entonces de mi vida como artista?
¿Qué pasa con la danza cuando el cuerpo se agota de ejecutarla? ¿Cuáles son esos otros lugares en los que puedo danzar? ¿Qué es danza para mí?
¿Cuál es mi propia danza?
Me di cuenta de que yo no era bailarina, yo soy artista.
Mediante mi investigación en Laboratorio de Creación Artística, descubrí un gran interés por el performance duracional. Mi cuerpo en el espacio, mi cuerpo presente en el espacio a la escucha del otro, del entorno, de sí mismo. Y tal vez así, solo así, empezaría a volver a danzar, esta vez sin pretensión alguna más que escuchar aquello que en el transcurrir del tiempo empezaba a acontecer, a veces consciente, a veces inconsciente. En adentrarme a un estado distinto al cotidiano que al hoy no he podido nombrar. Y es entonces cuando vuelvo y me pregunto, ¿Cómo escribir respuestas cuando lo único que tengo son preguntas?
Después de ese semestre decidí irme de intercambio para Argentina pues sabía que era un país con un movimiento de performance bastante fuerte. Llegué a Buenos Aires y estudié un semestre en la Universidad Nacional de San Martín, aunque hoy podría asegurar que estudié más por fuera de dicha universidad ya que esta tenía un enfoque bastante academicista de la danza y esto no me interesaba en ese momento. A pesar de esto tuve la oportunidad de ver una clase de exploración del movimiento dirigida por Federico Fontan, esta clase tenía un enfoque más performativo, donde el cuerpo era puesto en el espacio, así como también los objetos, sonidos y textos en una constante búsqueda por establecer una relación horizontal con todo ese “otro”. Empecé a asistir regularmente a las prácticas de improvisación que dirigía Federico por fuera de la universidad y poco a poco también fui encontrando mi lugar en otros talleres de artistas independientes.
Saldé una deuda conmigo misma de empezar un curso de DJ que no me atrevía a tomar en Colombia porque “yo no era música”, asistí a varios talleres de pintura física con una artista llamada Nuna Sol en donde pude explorar la materialidad de otros cuerpos y sustancias, empecé a explorar regularmente la cianotipia y la posibilidad de crear imágenes mediante esta técnica e incluso hice parte de un performance muy especial para mí en el rio de La Plata de la artista chilena Cecilia Vicuña en el marco de la Bienal de Performance en Argentina.
Argentina fue sinónimo de expansión para mí, fue encontrar mi cuerpo en otro espacio y permitirme habitar esos otros espacios internos que en Colombia no me había permitido explorar.
Regresar a la Javeriana después del intercambio fue la oportunidad de reafirmar que aquello que había empezado a descubrir en dicho laboratorio, se había seguido develando durante el intercambio y permanecía conmigo aun con el pasar del tiempo. No quisiera entrar a juzgar si descubrí muy tarde en la carrera mi pregunta de investigación, pero agradezco haberlo hecho. Durante este séptimo semestre cursado agradecí varias veces durante las clases sobre todo en el ensamble de danza contemporánea Intento Optimista de Un Lunático guiado por Arnulfo Pardo haber encontrado una respuesta que me sostuviera frente a aquel agotamiento de la danza en mí. Una respuesta que realmente era una pregunta pero que se traducía en una nueva posibilidad y ruta a seguir dentro de mi quehacer como artista.
La llegada de esta pregunta a mi vida fue la llegada de la tranquilidad de que este no era el fin de mi vida como bailarina, si no la apertura a mi vida como artista. Todo mi séptimo semestre y hoy cursando mi octavo y último semestre ha sido un constante diálogo entre aquello que fui como bailarina y aquello que soy hoy como artista. He ido entendiendo que la danza es un camino y herramienta más que la finalidad de mi vida. La danza se ha convertido en un lenguaje más, así como cuando me paro a mezclar como dj, cuando disparo mi cámara análoga, cuando me paro en el espacio y dejo emerger lo que tenga que emerger hasta la mismísima temida quietud por nosotros los alguna vez llamados bailarines o cuando escribo pequeños textos o haikus como alguna vez me los nombró Humberto Canessa mientras cursaba el laboratorio de Composición Coreográfica.
¿Cuál es la definición de ser bailarina?
Hoy cursando mi último semestre me da miedo autoproclamarme bailarina, sin embargo, aún lo hago. No quiero volver a ser encasillada en aquello que pareciese estar establecido que es la danza y no es justo hablar únicamente de que los demás me encasillen en esta definición, hablo también de mí misma. De la larga tarea que aún tengo pendiente de encontrar y seguir construyendo mi propia verdad de lo que es la danza o de seguirme reconociendo como una artista con una multiplicidad de lenguajes a los cuales acudir entendiendo que aquello que podría llegar a agotarse es un lenguaje y no mi voz y alma de artista.
Por lo menos no por ahora...
Diecisiete de noviembre 2024,
Ya daba por terminada la autoevaluación, pero decidí volver a ella pues finalmente llegó el momento de decir que terminé la carrera y bueno, hay un par de cosas de este último semestre que no quisiera dejar por fuera.
Octavo semestre, el semestre de reafirmación...
Cursé dos clases muy importantes para cerrar la carrera, el Laboratorio de Dramaturgia del Movimiento guiado por Jenny Ocampo y el ensamble de Danza Contemporánea Mientras Caemos guiado por Diana Salamanca. De estos dos espacios quiero mencionar que me dejan reafirmada en lo que soy, en lo que anhelo y en lo que mueve mi alma y en las búsquedas en presente.
El proceso en el laboratorio fue el espacio para reafirmar esa honestidad de mi movimiento propio conmigo misma y sobre todo de darle el lugar para emerger, darle lugar de existir sin miedo, en el tiempo y espacio, en el presente y sobre todo de hacerlo consciente, hacer consciente la existencia de ese movimiento genuino que no necesariamente debe ser inconsciente por no querer ser impuesto.
Finalmente, llegó mi último ensamble, mi última vez parada en escena como estudiante de la universidad. Mientras Caemos me lo llevo atado a la piel, un proceso en donde poco a poco fui encontrando una María José mucho más madura en su hacer como bailarina, con una solidez técnica y unas herramientas de movimiento claras y sobre todo reconocidas por sí misma para despojarse de esa presión por el movimiento perfecto y la ejecución perfecta en escena, dando lugar a la llegada de una mujer mucho más llena de confianza en escena, confianza de jugar, de explorar y de encontrarse en la interpretación sabiendo que el trabajo de años de la técnica está ahí adherido a mi cuerpo para sostenerme y permitirme renacer como bailarina, artista y hacedora del movimiento en sus múltiples dimensiones.
La semana pasada fue mi última vez en dicho escenario académico después de tantos años de formación, pero de alguna manera se sintió como la primera vez. La primera vez de María José completamente honesta en escena, en completa presencia y calma. Tal vez la primera vez que pisé un escenario con completa consciencia y seguridad de mi mente y cuerpo.